PIENSE, NO ENSUCIE


Escribo este artículo precisamente al regresar de una caminata por la Campiña de Moche donde vivo. La caminata sirvió para constatar que esta inspiradora estancia natural que años atrás se ofrecía como un santuario regenerativo y refrescante para el alma, se abría ahora, entre sus sembríos y zonas silvestres, también con grises cascotes de cemento e intermitentes basurales entre los que se secaban ratas aplastadas en la pista y bolsas plásticas con comida regadas entre el desmonte. Por momentos el hedor de ocultas chancherías fue asfixiante.

Esta es una breve descripción del trayecto que recorrí, pero es también un paisaje que se encuentra en cualquier lugar del Perú: Basura. Basura. Siempre basura. Basura por todos lados. ¿Por qué ensuciamos los peruanos? ¿Y por qué no reaccionamos ante nuestro paisaje atiborrado de basura?

Los peruanos hemos heredado pensamientos errados, costumbres rancias y disfuncionales ante la vida que han desencadenado en esta realidad. Pensar que un peruano es enemigo de otro peruano es una idea inspirada en distintos eventos de nuestra historia pero es finalmente lo que hemos elegido creer. Pensar que el Perú es un mendigo sentado sobre un banco de oro, que nunca tendremos un presidente capaz, que estaremos siempre sometidos a la ignorancia, que jamás se solucionarán los problemas del país, todo eso es basura mental. Esas ideas nos programan con disfuncionalidad pura. ¡Y esas ideas son comunes en nuestro consciente colectivo!

Esta mentalidad negativa es la fuente de toda la basura existente. La que se irradia desde nosotros mismos y se materializa cada vez más profusamente en nuestras calles y campos; y así las calles y campos del Perú evidencian las malsanas formas de pensamiento de sus gentes. Si ha de haber un gobierno que de verdad cambie el panorama de nuestra realidad lo primero que tiene que hacer es aplicar un gran proyecto de limpieza mental a nivel nacional: Una gesta de profunda transformación del pensamiento, de afinación y elevación de lo que creemos de nosotros mismos. La práctica de la meditación en todas las familias peruanas puede ser el primer paso.

Pero, ¿por qué ensuciamos los peruanos? Pues porque hay muchos entierros bajo el suelo de la Patria. Se han perpetrado muchas injusticias en toda la historia de esta tierra y se necesitan liberar los dolores guardados en el inconsciente colectivo, dolores que incesantemente han fecundado las mismas taras mentales generación tras generación: Racismo, clasismo, indiferencia, desgano, desprecio, falta de compromiso, ausencia de identidad, codicia, esta es la suciedad que se debe limpiar del alma de nuestra nación. Y para eso se necesita romper el dique que contiene los temores que se han acumulado durante todas las épocas.

Se necesita sincerar las relaciones industriales, productivas, humanas, artísticas, laborales, religiosas, barriales, comunales, económicas, y desechar todo aquello que no ha funcionado. Solo entonces nuestras calles estarán limpias, solo entonces nuestros ríos volverán a su transparencia natural. Solo entonces habrá un cambio genuino en el Perú porque habremos cambiado la causa real de los problemas: nuestra mentalidad.

Ya hemos manipulado el mundo de las apariencias, ya movimos las piezas del funcionamiento político y económico inútilmente, porque las verdaderas causas de los conflictos siguen intactas y por ello reaparecen los problemas. Mas perdidos en este círculo vicioso tratamos de resolverlos siempre de la misma manera: con leyes que nadie cumple. Es decir aplicando sobre las consecuencias y no sobre las causas nuestra voluntad de transformación. La misma locura improductiva de siempre. Así que no hablemos de ninguna estrategia, de ninguna doctrina, de ninguna política, hablemos simplemente de limpiar. Algo que cualquiera puede hacer. Pero, ¿limpiar qué? Limpiar primero el interior de las casas. Que saquemos toda nuestra basura a la calle. Limpiemos desde adentro, desde el fondo, desde los techos, desde los corrales, desde los cuartos sucios, desde los desvanes antiguos con todas las cosas guardadas, las que no se utilizan, todos los cachivaches polvorientos que ocupan el espacio de lo que está anhelando venir a renovar nuestras vidas. Un Día de Limpieza Nacional. Limpiemos luego las calles, las esquinas -esos cúmulos endémicos donde todos tiran sus deshechos-, las canchas polvorientas regadas de plásticos y desmonte, los parques terrosos, las veredas, las pistas, salgamos hombro a hombro con el vecino a cuidar este lugar que nos cobija, que protege nuestro fugaz paso por la vida, el Perú. Y limpiemos, principalmente, la idea que ha motivado a que nos demos la espalda entre peruanos, a que le demos la espalda a la naturaleza y a que nos demos la espalda a nosotros mismos, el maligno pensamiento del: “YO SÍ, TÚ NO”.

¿Qué es estar sucio? Es creer en esa idea. Es haber dejado que los condicionamientos interrumpan el contacto con uno mismo. Condicionamientos que exigen ser exitoso y no solidario, ser efectivo aunque destruyas y perjudiques, ser capaz de grandes logros materiales mientras por dentro nuestra alma sufre  hambrienta, desnutrida. Por eso son tan “necesarias” las ya institucionalizadas juergas de fin de semana, las anestesiantes visitas a los centros comerciales y el consumo excesivo de ropa, comidas y licores para olvidar que durante los seis días anteriores estuvimos funcionando dentro de un sistema perjudicial, perjudicándonos a nosotros mismos. Y así sigue marchando la maquinaria impulsada por la negativa fuerza de nuestra inconsciencia.

Cuánta destrucción de los bosques se perpetra en la costa, sierra y selva, cuántos gases venenosos vertemos al aire, cuántos productos electrónicos lanzamos al mercado -los que pronto llenarán gigantescos botaderos no degradables-, cuánto cianuro y mercurio se vierte sobre los ríos, cuánta toxicidad surge de chimeneas y de tubos de escape y de las grandes fábricas que producen los artefactos que usamos para nuestra comodidad.

Con la cabeza llena de fantasías colectivas vivimos sumisos a programas de robotización social, y pretendemos ignorar la situación real, queremos evitarla y  creer que aparecerán quienes cambien el panorama y que, por supuesto, este cambio no afectará nuestra comodidad ni nuestra seguridad. El cambio ocurrirá allá afuera y entre gente distante mientras observamos protegidos; al final, cuando se halla limpiado lo que estuvo por centurias y milenios enquistado, bloqueando el flujo saludable de nuestra convivencia, saldremos a la calle a disfrutar de esa transformación sin haber sufrido ni un rasguño pero también sin haber aportado ni una brizna. Esa mentalidad tan generalizada hace que simplemente nadie haga nada.

Que lo hagan los demás.

Eso queremos todos: que lo hagan los otros, pero, por fortuna, los otros no existen. Los otros somos nosotros para los otros. Todos somos los otros. Todos somos lo mismo. Fuera de excusas y relativismos todos somos realmente individuos. Por eso es el individuo la clave del cambio. La masa no hará nada sino está conformada por individuos pensantes. Y no hay nada que esperar de nadie a excepción de uno mismo. Es uno mismo quien n0 debe tirar papeles a la calle o quien debe recogerlos ante los demás para dar el ejemplo. No los otros. Es uno quien debe advertir a quien los tira y hablarle sin temor de que nos ensucia a todos cuando arroja su papel a la calle. No los otros.

Es uno quien puede unirse a las iniciativas de limpieza de parques o espacios o locales comunales en su barrio o es uno quien puede iniciarlas.

Es uno quien puede evitar una acción que genere dolor, desunión, abuso en las circunstancias que afrontamos a diario en nuestra convivencia.

Es uno quien puede activar campañas de mejora de nuestra vida en el trabajo, en la escuela, en el barrio, en el grupo de amigos, o espontáneamente en la calle.

Es uno quien unido a otros individuos puede impedir que la codicia de las transnacionales destruya a nuestra madre tierra.

Decir que hay una gran indecisión en quienes exigen el cambio, pero que no se atreven a cambiar, es limpieza, y decir que tememos enfrentar el cambio porque debemos reconocer primero nuestra complicidad en el actual orden de cosas, es limpieza. Y abrirse a la realidad y aceptarla tal cual es, y reconocer que el Perú es gente diversa, distinta, con otros intereses y necesidades, con otra educación, con otras proyecciones. Eso es limpieza.

Y que hemos empezado ya el gran conversadero, el Hatum Rimanacuy, aquí abriendo El Ojo Interior… eso es limpieza.

POR ESO PIENSE, Y NO ENSUCIE.

DAVID NOVOA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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